martes, 28 de abril de 2020

Dando al gobierno lo que ansiaba

La enésima incoherencia de este gobierno socialcomunista, de los traspiés, de los palos de ciego, y de la mentira constante. Un grupo de sectarios y farsantes que no piensan en otra cosa más que en mantener sus cargos de poder, y que no dudan en blanquear sus continuos errores a través de sus serviciales medios de comunicación.

Luis Barros.

Hace unos días como todos sabemos, este gobierno socialcomunista, anunció que por fin los niños iban a poder salir a la calle. Eso sí, con una serie de normas y precauciones que han cambiado y rectificado tantas veces, que lo más seguro para evitar contagios, es que cuando los niños lleguen a casa después de su hora de paseo para desinfectarles hay que echarles a hervir unos minutos. Que si con mascarillas, con guantes, etc., un sin fin de estrictas precauciones sanitarias. Ah, pero con este gobierno siempre hay una sorpresa que bajo la etiqueta de ‘incoherencia’, está perfectamente calculada.

Desde fuentes del gobierno se ha dejado caer una y otra vez, que los niños salgan a la calle con sus monopatines, sus balones, etc. claro, estas propuestas para las personas coherentes son una absoluta locura. Si los niños salen a las calles con dichas cosas, tarde o temprano acabarán rebozándose por los suelos y seguramente también haciéndose alguna herida. Consiguiendo con esto que todas las precauciones que se hubiesen tomado para evitar infecciones, se vayan al traste. Por lo tanto, y obviamente, esas recomendaciones son contrarias a las de proteger a los pequeños. O esto sería lo que pensamos todos. Pero el gobierno en esto solo ve su beneficio.

Lo que de verdad quieren conseguir desde el gobierno, es unas imágenes de alegría y paz. Si en todas las televisiones al servicio de Moncloa se dedican a emitir escenas en las que se vean niños sonrientes y jugando con toda tranquilidad por las calles, se podrá dar la sensación que en España ya no ocurre nada grave. Intentar con esto, tapar la pésima gestión de la crisis sanitaria en la que aún estamos metidos y que todavía nos queda mucho tiempo para salir de ella. Pero no es que piensen en los niños, solo piensan en como aprovecharse de ellos. Todos sabemos que este tipo de imágenes, dan la sensación de tranquilidad, de un país en calma. Así que desde hoy, nos machacarán en todas las televisiones con esto. Además, que a nadie le sorprenda que nos intenten vender a Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, y a Marlasca, como los nuevos reyes magos de esta era.

¿Y los miles de muertos? ¿Y las miles de familias destrozadas? Pues fácil, ¿salieron imágenes por las televisiones? No, para este gobierno solo son cifras. Además, los muertos, muertos están.
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viernes, 17 de abril de 2020

“Sois unos cabrones”, las últimas palabras de Julio Cesar

Julio César es el personaje más famoso de Roma y uno de los más conocidos de toda la historia. Militar y político brillante, consiguió significativos logros en ambos campos, pero también se han originado en torno a su figura algunas leyendas más propias de la fantasía que de la realidad, que el imaginario popular ha ido aceptando sin cuestionar.


Durante mucho tiempo se atribuyó el origen del término cesárea a Julio César por haber sido el primero en nacer mediante este método. Para bien o para mal, no es cierto. Como todos sabemos, la cesárea es un tipo de intervención en el que se practica una incisión quirúrgica en el abdomen y en el útero para extraer al bebé, normalmente por problemas en el parto o por mutuo acuerdo entre el médico y la futura madre. Este método ya se conocía en Roma, pero a la madre de Julio César no se le practicó una cesárea… porque sólo se utilizaba en los casos en los que había fallecido la parturienta, y Aurelia, su madre, murió cuando Julio César tenía 45 años. Si el parto en sí ya suponía un riesgo para la madre, practicar una intervención quirúrgica en esta época, con las posibles y frecuentes infecciones, suponía un mayor riesgo.

Entrada triunfal


El triunfo era una ceremonia para celebrar el éxito de una campaña militar en el extranjero. Ese día, el general victorioso lucía una corona de laurel (corona triunfal) y desfilaba montado en un carro por las calles de Roma con su ejército sin armas, los prisioneros y el botín de guerra. Julio César, después de entrar triunfante de su campaña en la Galia, pidió al Senado permiso para llevarla permanentemente. Como el día del triunfo/desfile eran tratados como reyes, casi divinidades, se pensó que la petición de Julio César tenía que ver con sus aires de grandeza, su casi endiosamiento. Y no digo que no los tuviera, que los tenía, pero los motivos de Julio César eran más terrenales:  le acomplejaba enormemente su calvicie, y de esta forma la disimulaba. Por cierto, el Senado accedió a dicha propuesta y por eso en muchas representaciones aparece «laureado».

Emperador


En demasiadas ocasiones se le denomina como emperador, pero nunca lo fue. Se autoproclamó dictador, un cargo recogido en la legislación de la República sin las connotaciones de la actualidad. Para evitar los abusos de los tiempos de la monarquía, durante la República se decidió nombrar dos cónsules, el magistrado de más algo rango, además de disponer que cada uno tuviera veto sobre las decisiones del otro o que gobernaran sólo durante un año, pero el Senado, en determinados momentos de urgencia y crisis, podía entregar todo el poder a una sola persona durante un breve espacio de tiempo (normalmente un año). Julio César fue un poco más lejos: se proclamó dictador para 10 años, algo que, lógicamente, se interpretó como que quería aferrarse al poder y gobernar como un rey.

Si  “Alea iacta es” es una de sus frases más conocidas, puede que la más conocida sea la que dijo cuando fue asesinado por un grupo de conspiradores en nombre de la República: “¡Tú también, Bruto!” o “¡Tú también Bruto, hijo mío!”. Con interrogante o con admiración… pues ni con interrogante, ni con admiración. Según la creencia popular Julio César se refiere a su ahijado Bruto, el hijo de su amante Servilia, asombrado de que también participe en la conjura contra él y sea uno de sus asesinos. Julio César fue atacado por los conspiradores, trató de defenderse e hirió a varios de ellos, y después de recibir 23 puñaladas, sintiéndose morir, se cubrió la cabeza con su túnica en un último esfuerzo por mantener la dignidad y cayó a los pies del pedestal de la estatua de Pompeyo. Nada más… Es más fácil que sus últimas palabras fuesen Aggghhh, «muero» o algún insulto o improperio del tipo «sois unos cabrones«. La frase que nos ocupa parece más propia del último acto de un drama o una tragedia para terminar por todo lo alto con una frase para la posteridad. Y efectivamente así fue, porque la frase quedó inmortalizada en la obra Julio César, la tragedia escrita por Shakespeare. Y desde aquel momento todo el mundo la ha puesto en su boca.


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